jueves

don't like this but who cares


Ella era el jazz, él era blues.
Ciclotímica, era explosiva y mansa. Él rozaba lo apacible. Ella sonaba como una sonata de alegrías y festividad, él era una guitarra tocada en la oscuridad de un cuarto sin ventanas.
Ella era vientos, era cuerdas, era metales, era de todo. Era una mezcla perfecta de sonidos y su armonía era envidiable.
Él era también cuerdas, a veces piano, a veces. La voz, melancólica y triste, su arma principal.
No podían mezclarse, o no debían. Para el blues solo existe una cosa, la depresión. Querer algo, no poder conseguirlo y que, aún teniéndolo, no se merece. El jazz, en cambio, no distingue. Lo que le gusta cae a sus pies, siempre por voluntad. Hasta que se encuentra con el blues, él, le huye. Huye de ella, huye del jazz. Huye de la posible felicidad, catalogándola de efímera, poco duradera y ficticia. Etiqueta. Etiqueta y no tiene modestia para ello. Aún conociendo lo despiadado, lo insensato, lo poco razonable, lo hace.
Sí, lo sabe. Conoce cómo funciona la lógica.
Ella lo ama.
Él la ama.
Conclusión, no pueden estar juntos porque él es pobre, es peligroso y es mayor.
Bueno, tal vez ese no sea un razonamiento válido. Tal vez las premisas no lleven a esa conclusión, ¿pero qué importa? Ella se lo creyó.
Tal vez era el desprecio por sí mismo que tiene el blues. No es altanero como el jazz, no cree tener ningún talento especial, él, solo quiere expresarse.
Luego viene ella, el jazz, diciendo que también quiere expresarse. Que es su derecho. Ningún compás se lo va a impedir.
El jazz dice que no le importa. El jazz dice que hay algo oculto y eso le extraña, porque el jazz se muestra como es. Será presuntuoso, será vanaglorioso, pero sabe lo que quiere. Sabe que quiere al blues, melancólico y todo, lo quiere. Afirma que el blues no quiere al jazz por tenerle miedo, pero no al jazz, sino a sí mismo.
El blues repite sus excusas. No quiere admitir que está siendo acorralado.
El jazz le implora que no ya no tema. Le pide que se exprese de verdad. Le ruega que se lo diga, que le diga si la ama o no. Para grises no hay lugar.
El blues se queda callado. Ni una nota.
El jazz se impacienta, hace la pregunta.
Mírame a los ojos y dime que no me amas.
El blues tiembla. Él tiembla. No puede hacer tal cosa. Mentir nunca. Es lo que tienen en común, nunca mienten.
Entonces...
Lo sabía. Se lo estaba confirmando en ese mismo instante.
La amaba, como sólo el gospel ama a dios.
El silogismo debía ser otro, le corrige ella.
Ella lo ama.
Él la ama.
Por lo tanto, ellos se aman.
Tal vez sabía de lógica aristotélica después de todo.
El blues, por primera vez, sonríe. Tal vez, no son tan diferentes.
Los dos son apasionados, son apegados a lo rítmico, son estructurados, les gustan las reglas. Bueno, tal vez ella no sea ni estructurada ni siga reglas. Pero se ajusta, sí que puede. Entonces, los dos suenan, los dos vibran, los dos expresan. Los dos saben que no pueden vivir uno sin el otro. Se acoplan como hizo Ellington. El blues accedió.
Pasaron meses en completa armonía hasta que los fantasmas volvieron. Había vuelto el primer razonamiento. Bueno, no se acoplaron... tal vez puedan formar un nuevo género... o no.
Porque ella quedó embarazada y él, temió. Temió que ese hijo fuera como él.
Ella, el jazz, le recordó que los dos eran peculiares, pero que si una condición podía traspasarse, era la de ella. A él no le convenía escuchar. Eso estropeaba su oportunidad para huír. Tal vez el jazz se lo había impedido una vez pero no lo haría dos.




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